El dolor no fue un impacto, ni el roce de una garra; fue una erosión. Empezó en un estrato de su alma que Lía ni siquiera sabía que poseía, una capa profunda, anterior a sus recuerdos, anterior a su propio nombre. Su mano, crispada sobre la cicatriz, ya no sentía piel ni tejido cicatricial; sentía una vibración sónica, un latido que no iba al ritmo de su corazón, sino al ritmo de algo inmenso y subterráneo que despertaba tras un letargo de eones. La sala principal de la mansión comenzó a desdibujarse. Los gritos de los centinelas y las órdenes de Kael se convirtieron en un eco acuático, lejano, mientras el presente se desmoronaba como un castillo de arena ante la marea de una verdad que ya no podía ser contenida.Kael no se movió. A pesar del caos que estallaba fuera, a pesar de que el territorio estaba siendo rodeado por una presión invisible, él se mantuvo anclado a ella. Sus manos, grandes y callosas, rodeaban los hombros de Lía con una fuerza que era lo único que impedía que ella
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