La noche en el territorio de la manada no cayó; se desplomó. Fue un cambio brusco, una transición violenta de la luz a la oscuridad que no tuvo nada de natural. No hubo el habitual concierto de grillos ni el susurro del viento entre los pinos. El bosque, usualmente vibrante bajo el dominio de Kael, se sumió en un silencio sepulcral, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento, reconociendo que algo ajeno, algo antiguo y prohibido, acababa de reclamar un asiento en la mesa.Kael lo sintió antes de escucharlo. No fue una sospecha nacida de la paranoia, sino una certeza absoluta que vibró en sus huesos de Alfa. Estaba cerca. Demasiado cerca de su hogar, de su paz... de ella.Lía permanecía dentro de la casa principal, protegida por muros de piedra y guerreros de élite, pero Kael sabía que contra lo que acechaba afuera, las paredes eran solo una ilusión de seguridad. No la encerró por miedo a que escapara, sino porque necesitaba tener sus manos libres para lo que venía. Y
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