El hogar no siempre era un lugar delimitado por cuatro paredes de piedra o un mapa de territorios conquistados. A veces, el hogar era una frecuencia, un latido, una persona. Y Lía estaba empezando a entenderlo en la calidez de los pequeños momentos, en esos detalles que no se gritan, pero que retumban más fuerte que un aullido en la noche.Lo sentía en la manera en que Kael buscaba su mano de forma inconsciente cuando caminaban por los pasillos, como si necesitara ese contacto para recordar que la realidad ya no era una batalla solitaria. Lo veía en cómo él la observaba desde el otro extremo de una habitación llena de guerreros, con una intensidad tan absoluta que hacía que el resto del mundo se volviera un simple ruido de fondo. El temido Alfa de la región, el hombre que respiraba guerra, parecía respirar paz únicamente cuando ella estaba a menos de un metro de distancia.Era extraño y, a la vez, aterrador. Toda su vida, Lía había vivido con los músculos tensos, preparada para correr
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