Los días comenzaron a sentirse extrañamente normales, y para Lía, esa normalidad era la forma más insidiosa de terror que había experimentado jamás. Nunca había entendido cuánto podía doler la paz hasta que finalmente la tuvo de frente, palpable y cálida, como el sol de la tarde filtrándose por los vitrales de la mansión. Durante toda su vida, el peligro había sido una constante, un ruido blanco que le permitía mantenerse alerta. Pero ahora, el silencio de la seguridad la obligaba a bajar la gu