La noche había caído sobre el territorio de la manada con una mansedumbre casi insultante. Afuera, el viento del norte susurraba entre los pinos centenarios, meciendo las sombras con una delicadeza que ocultaba los dientes de la guerra. Pero dentro de la habitación principal de la mansión, el aire era distinto. Estaba cargado de una electricidad estática, un magnetismo que hacía que cada centímetro de piel erizada fuera una antena esperando una señal.
Lía estaba sentada en el borde de la cama k