(POV Kyler)Las luces fluorescentes de la sala de urgencias me cegaban. El sonido de la sirena de la ambulancia todavía zumbaba en mis oídos, mezclándose con el ajetreo frenético de los enfermeros y el olor metálico a desinfectante y sangre. En cuanto bajamos la camilla, el mundo se convirtió en un torbellino de gritos técnicos y pasos acelerados.—¡Femenina, 19 años! ¡Shock séptico, temperatura de 41 grados, pulso filiforme! —gritaba el paramédico mientras empujaba la camilla hacia los boxes de reanimación.Yo corría a su lado, negándome a soltar su mano, que se sentía como un trozo de mármol ardiente entre las mías.—¡Padre, por favor, tiene que quedarse atrás! —me gritó una enfermera, poniéndome una mano en el pecho para detenererme—. ¡Déjenos trabajar, Padre!—¡No me voy a ir! —rugí, ignorando el título que me daban—. ¡Está muriendo! ¡Miren su cara, está morada!Entramos por la fuerza en el área de trauma. Vi cómo, con una eficiencia cruel, dos enfermeros sacaban unas tijeras y em
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