(POV Kyler)
Las luces fluorescentes de la sala de urgencias me cegaban. El sonido de la sirena de la ambulancia todavía zumbaba en mis oídos, mezclándose con el ajetreo frenético de los enfermeros y el olor metálico a desinfectante y sangre. En cuanto bajamos la camilla, el mundo se convirtió en un torbellino de gritos técnicos y pasos acelerados.
—¡Femenina, 19 años! ¡Shock séptico, temperatura de 41 grados, pulso filiforme! —gritaba el paramédico mientras empujaba la camilla hacia los boxes d