(POV Kyler)
La capilla del hospital era un espacio aséptico, frío y silencioso, iluminado apenas por una lámpara de aceite que parpadeaba frente al sagrario. Me encontraba de rodillas, con la frente apoyada en la madera del banco, pero mis labios no pronunciaban oraciones de fe. Eran súplicas desesperadas, negociaciones oscuras con un Dios al que sentía haber traicionado mil veces.
—Que viva, Señor... solo que viva —susurraba, con la voz quebrada—. Llévate mi vocación, húndeme en el lodo, pero