(POV Kyler)
El domingo había amanecido con un aire de juicio final. El eco de mi propio sermón de la noche anterior todavía me martilleaba las sienes mientras caminaba, una vez más, hacia el ala de castigo. Las llaves pesaban en mi bolsillo como monedas de traición. Al pasar por el patio, escuché los susurros de las alumnas y el veneno en las palabras de las monjas; para el instituto, Aria era una paria, una mancha que debía ser borrada.
Giré la llave, entré en la celda y cerré el cerrojo con u