(POV Kyler)
El viaje de regreso desde el pueblo vecino fue un suplicio de horas que se sintieron como siglos. El coche del Padre Rodrigo avanzaba por la carretera serpenteante, y cada bache, cada frenada, me provocaba una punzada de ansiedad en el pecho que apenas podía disimular. Había pasado más de un día entero lejos de ella. Veinticuatro horas de oraciones vacías, de conferencias teológicas sobre la moral y de comidas comunitarias donde mi mente estaba a kilómetros de distancia, encerrada t