El pestillo de la puerta del aula de Ética se sintió como una sentencia definitiva. El silencio que siguió al estrépito de los libros cayendo al suelo era denso, cargado de un magnetismo que hacía que el aire pesara. Aria estaba sentada sobre mi escritorio, con las piernas colgando y la respiración errática, mirándome con una mezcla de desafío y una sumisión que empezaba a brillar en sus ojos empañados.Me coloqué frente a ella, ajustándome las mangas de la camisa blanca, ahora que la sotana yacía olvidada sobre una silla. Ya no era el "Santo" Kyler; era el hombre que ella misma había despertado, y no pensaba volver a dormir.—Mírame, Aria —ordené, mi voz sonando baja y gélida, cargada de una autoridad que la hizo estremecerse.Ella levantó la vista, mordiéndose el labio, intentando recuperar su máscara de insolencia.—¿Vas a darme un sermón ahora, Kyler? —provocó, aunque su voz tembló ligeramente—. ¿O vas a seguir con la "clase práctica"?—Cállate y escucha —le espeté, dando un paso
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