La noche en el internado se sentía como una tregua frágil. Tras el encuentro en el almacén, mis sentidos estaban en carne viva, cada poro de mi piel gritando el nombre de Aria. Me había quitado la sotana nada más llegar a mi celda, deshaciéndome de la armadura negra que cada vez me pesaba más. Ahora vestía solo un pantalón de mono gris, cómodo y sencillo, intentando encontrar algo de paz en la lectura de un tratado sobre el alma. Pero mi alma ya no estaba en los libros; estaba en las manos de u