Cuando el primer rayo de sol atravesó la pequeña ventana de mi celda, extendí el brazo por inercia, buscando el calor de su piel. Pero el colchón estaba frío. Aria se había ido como una sombra al amanecer, dejando tras de sí solo el aroma a vainilla en mi almohada y un vacío ensordecedor.
Me incorporé, frotándome el rostro con las manos, sintiendo el cuerpo pesado y extrañamente vivo. Fue entonces cuando vi un trozo de papel arrancado de uno de mis cuadernos de teología sobre la mesa de luz. La