La tarde caía sobre el internado con una pesadez asfixiante. El aire estaba cargado de electricidad, como si las nubes que se agrupaban en el horizonte supieran que la tormenta de anoche no había terminado de limpiar nada. Caminaba por los pasillos de piedra, con el roce de la sotana recordándome a cada paso el peso de mi engaño, pero también la intensidad del secreto que guardaba en el bolsillo.
Mis pies, casi por voluntad propia, me llevaron de nuevo hacia la zona de los depósitos. Traté de c