Mundo ficciónIniciar sesiónValeria leyó la nota una y otra vez, como si las letras recortadas pudieran cambiar si las miraba suficiente tiempo.
“Pregúntale a tu esposo qué le debe realmente a Isabella… y por qué ella quiere cobrárselo con sangre.” Mateo la observaba con sus grandes ojos curiosos. — ¿Qué dice, mami? ¿Es una carta para ti? Valeria dobló el papel rápidamente y lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Forzó una sonrisa y acarició el cabello de su hijo. — Es solo un juego tonto, mi amor. No te preocupes. Ve a lavarte las manos para la merienda. Cuando Mateo salió corriendo hacia la cocina, Valeria se dejó caer en el sofá. Las lágrimas que había contenido todo el día amenazaban con salir. Diego estaba en su oficina atendiendo una llamada importante. Por primera vez, agradeció que él no estuviera allí en ese momento. Esa noche, después de bañar a los niños y contarles un cuento, Valeria cerró la puerta de la habitación de Emma y se quedó un momento en el pasillo, escuchando las risas apagadas de Mateo jugando con su tablet. Diego apareció detrás de ella y la abrazó por la cintura. — Estás muy callada hoy — murmuró contra su cabello—. ¿Segura que no quieres contarme qué te pasa? Valeria se giró dentro de sus brazos. La luz suave de la lámpara del pasillo iluminaba el rostro de su esposo: guapo, protector, el mismo hombre del que se había enamorado perdidamente once años atrás. Pero ahora veía sombras donde antes solo veía luz. — Diego… — empezó, con la voz temblorosa—. Encontré una nota en la mochila de Mateo. Alguien la puso ahí. Habla de Isabella y de una deuda que se quiere cobrar “con sangre”. El cuerpo de Diego se puso rígido. Sus brazos la soltaron lentamente. — ¿Qué? — preguntó en un susurro apenas audible. Valeria sacó la nota y se la entregó. Diego la leyó y su expresión se endureció. Por un segundo, Valeria vio al CEO frío y calculador que dirigía su empresa, no al esposo cariñoso. — Esto es una amenaza directa — dijo él finalmente—. Mañana mismo voy a reforzar la seguridad del colegio y voy a poner guardaespaldas discretos para los niños. — ¿Guardaespaldas? — Valeria sintió que el pánico subía por su pecho—. Diego, nuestros hijos tienen 9 y 6 años. No pueden vivir con miedo. Necesito que me digas toda la verdad. ¿Qué le debes a esa mujer? ¿Por qué quiere hacernos daño? Diego se pasó las manos por la cara, agotado. — Hace once años yo estaba metido en negocios riesgosos. Isabella era socia en uno de ellos. Hubo un préstamo grande que no pude pagar a tiempo y… las cosas se complicaron. Pero te juro que pagué todo lo que pude cuando empecé a ganar dinero de verdad. Creí que eso había quedado cerrado. — ¿Y por qué ahora? — insistió Valeria—. ¿Por qué después de diez años de matrimonio y dos hijos aparece diciendo que va a destruirnos? Diego la miró en silencio unos segundos. Luego la atrajo hacia él y la besó con una intensidad desesperada. Fue un beso lleno de miedo y deseo, como si quisiera borrar con sus labios todas las dudas. Valeria respondió al beso a pesar de todo. Su cuerpo traicionero todavía ardía por él. Las manos de Diego bajaron por su espalda y la pegaron contra la pared del pasillo. Por un momento, el mundo desapareció y solo quedaron ellos dos, como siempre había sido. — Te amo, Lia — susurró Diego contra su boca—. No voy a permitir que nadie nos quite esto. Valeria cerró los ojos y se dejó llevar por el calor familiar. Pero en el fondo de su mente, una voz no dejaba de repetir: “¿Y si este hombre que me besa con tanta pasión es el mismo que trajo el peligro a nuestra casa?” Cuando se separaron, jadeando, Diego apoyó su frente contra la de ella. — Mañana hablaré con Isabella. Voy a resolver esto de una vez por todas. Tú solo cuida a los niños y confía en mí. Valeria asintió, pero cuando Diego se fue a la ducha, ella sacó su teléfono y abrió el chat con el número desconocido. Escribió con dedos temblorosos: “¿Qué es exactamente lo que Diego te debe?” La respuesta llegó casi inmediatamente: “Pregúntale por el hijo que nunca quiso reconocer.” Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Un hijo? En ese momento, escuchó la voz de Emma desde su habitación: — ¡Mami! ¡Tengo miedo! Creo que hay alguien mirando por la ventana…






