El sonido de cristales rompiéndose resonó como un disparo en la oscuridad total de la casa.
Valeria se levantó de un salto del sofá, el corazón latiéndole en la garganta.
— ¡Los niños! — susurró con voz ahogada.
Diego ya estaba en movimiento. Sacó su teléfono del bolsillo y activó la linterna. Con la otra mano tomó a Valeria por el brazo y la empujó hacia las escaleras.
— Sube con ellos. Cierra la puerta con llave. No abras a nadie — ordenó en voz baja pero firme.
— No te voy a dejar solo — pro