Mundo de ficçãoIniciar sessãoValeria corrió hacia la habitación de Emma sin pensarlo dos veces. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho.
— ¡Emma! — exclamó al entrar. La niña estaba sentada en su cama rosa, abrazando su muñeca favorita con fuerza. Sus ojitos estaban muy abiertos, llenos de miedo. — Mami… había alguien ahí — susurró Emma, señalando la ventana que daba al jardín trasero—. Vi una sombra… como una persona mirando. Valeria se acercó rápidamente y cerró las cortinas con manos temblorosas. Luego se sentó en la cama y abrazó a su hija con fuerza, intentando transmitirle una calma que ella misma no sentía. — Fue solo una pesadilla, mi amor — le dijo suavemente, besando su cabello—. Aquí nadie puede entrar. Papá y yo estamos cuidándote. Diego apareció en la puerta casi al instante, con el cabello todavía húmedo de la ducha y solo una toalla alrededor de la cintura. Sus ojos buscaron los de Valeria con preocupación. — ¿Qué pasó? — preguntó en voz baja. — Emma dice que vio una sombra en la ventana — respondió Valeria, sin soltar a su hija. Diego entró y se sentó al otro lado de la cama. Tomó la mano pequeña de Emma y le sonrió con esa ternura que siempre derretía a Valeria. — Princesa, te prometo que nadie va a hacerte daño. Mañana mismo voy a poner cámaras y alarmas nuevas. ¿Quieres que me quede aquí hasta que te duermas? Emma asintió y se acurrucó contra el pecho de su padre. Valeria los observó en silencio. La imagen era tan hermosa y tan frágil al mismo tiempo… su familia perfecta amenazada por un fantasma del pasado. Cuando Emma finalmente se durmió, Diego y Valeria salieron de la habitación en silencio. En el pasillo, él la tomó de la mano y la llevó hasta su dormitorio. — Lia… — murmuró cerrando la puerta detrás de ellos—. Esto se está saliendo de control. No voy a dejar que nada les pase a ti ni a los niños. La atrajo hacia él y la besó con urgencia. Esta vez no fue un beso suave. Fue desesperado, lleno de miedo y de ese deseo que nunca había desaparecido entre ellos, incluso después de diez años y dos hijos. Las manos de Diego recorrieron su cuerpo con posesión, quitándole la ropa con movimientos rápidos. Valeria respondió con la misma intensidad. Su cuerpo traicionero todavía ardía por él. Se dejó llevar contra la pared, sintiendo el calor de la piel de Diego contra la suya. Por unos minutos, el mundo desapareció. Solo existían ellos dos, el sudor, los gemidos ahogados y la necesidad de sentirse vivos en medio del caos. Cuando terminaron, jadeando y abrazados en la cama, Valeria apoyó la cabeza en el pecho de su esposo. Escuchaba los latidos fuertes de su corazón. — Diego… — susurró en la oscuridad—. Recibí otro mensaje. Dice que le debes un hijo… que nunca quisiste reconocer. El cuerpo de Diego se tensó inmediatamente. Se apartó un poco para mirarla a los ojos. — Eso es mentira — dijo con voz ronca—. Isabella está loca. Nunca tuve un hijo con ella. Te lo juro por nuestra familia, Lia. Todo lo que he hecho ha sido por ti y por los niños. Valeria quería creerle. Quería que esa promesa borrara todas las dudas. Pero el miedo era más fuerte. — Entonces ¿por qué ella dice eso? ¿Por qué las amenazas llegan hasta nuestros hijos? Diego suspiró y la abrazó más fuerte. — Mañana iré a verla. Terminaré esto de una vez. Tú quédate con los niños y no salgas sola. ¿Me prometes eso? Valeria asintió, aunque por dentro sabía que no podía quedarse de brazos cruzados. A la mañana siguiente, mientras Diego se preparaba para salir, Valeria recibió otro mensaje del número desconocido. Esta vez no era texto. Era una foto. La foto mostraba a Mateo y Emma jugando en el parque… tomada desde lejos, el día anterior. Debajo de la foto, solo una frase: “El reloj está corriendo. Si Diego no paga lo que debe, tus hijos pagarán por él.” Valeria sintió náuseas. Miró hacia la puerta donde Diego estaba despidiéndose de los niños con besos y abrazos. ¿Cuánto tiempo más podría ocultar todo esto? ¿Y si el hombre que juraba protegerlos era el verdadero peligro? En ese momento, Mateo se acercó corriendo a ella con una sonrisa. — ¡Mami! Papá dijo que hoy nos lleva a comer helado después del colegio. ¿Vienes con nosotros? Valeria sonrió y lo abrazó, pero sus ojos estaban fijos en Diego, que la observaba desde la puerta con una mirada que no lograba descifrar. ¿Podría seguir fingiendo que todo estaba bien… o el destino que los unió once años atrás estaba a punto de separarlos para siempre?






