Mundo ficciónIniciar sesiónValeria sintió que el aire se volvía pesado en el estudio. El segundo mensaje seguía brillando en su teléfono:
“Pregúntale por la deuda que tiene conmigo. Pregúntale qué pasó hace once años… antes de que se casara contigo.” Diego la miraba fijamente, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros llenos de algo que Valeria no lograba identificar: ¿miedo?, ¿rabia?, ¿culpa? — ¿Quién es Isabella? — repitió ella, esta vez con la voz más firme, aunque por dentro temblaba. Diego dio un paso hacia ella. Valeria retrocedió instintivamente hasta chocar con el escritorio. — Lia… — dijo él en voz baja, usando el apodo cariñoso que siempre la hacía sentir segura—. No es lo que piensas. — Entonces explícamelo — exigió ella, cruzando los brazos para ocultar el temblor de sus manos—. Porque anoche recibí un mensaje en tu teléfono que decía que “ella” ha vuelto y que va a destruir todo lo que amas, incluso a nuestros hijos. Y ahora esto. Diego palideció. Por primera vez en diez años de matrimonio, Valeria vio verdadero pánico en los ojos de su esposo. — ¿Leíste mi teléfono? — preguntó él, con un tono que mezclaba sorpresa y reproche. — ¡No cambies el tema! — exclamó Valeria, levantando la voz—. Mateo y Emma están en medio de esto, Diego. ¡Son nuestros hijos! Si hay alguien que quiere hacerles daño, tengo derecho a saberlo. Diego se pasó una mano por el cabello, visiblemente alterado. Caminó hasta la ventana y miró hacia el jardín trasero donde los juguetes de los niños estaban esparcidos bajo el sol de Santo Domingo. — Isabella es… alguien del pasado — dijo finalmente, sin mirarla—. Una historia que terminó mucho antes de conocerte. No representa ninguna amenaza. — ¿Entonces por qué menciona una deuda de hace once años? — presionó Valeria—. ¿Qué pasó antes de que nos casáramos, Diego? Porque yo recuerdo perfectamente cómo nos conocimos. Tú eras el joven ejecutivo ambicioso que me conquistó con paciencia y flores. Me dijiste que yo era tu destino. Diego se giró lentamente. Sus ojos se suavizaron al mirarla. — Y lo sigues siendo, Lia. Tú y los niños son lo más importante de mi vida. Todo lo que he hecho estos años ha sido para proteger esta familia. Se acercó y tomó las manos de Valeria. El calor de sus palmas era familiar, reconfortante… y al mismo tiempo peligroso. — Confía en mí — susurró—. Voy a encargarme de esto. No dejaré que nadie nos haga daño. Valeria quiso creerle. Quiso dejarse abrazar y olvidar todo. Pero el miedo por Mateo y Emma era más fuerte que su amor. — No puedo confiar ciegamente cuando nuestros hijos están en riesgo — dijo ella, soltando sus manos—. Necesito la verdad, Diego. Toda la verdad. Diego guardó silencio unos segundos. Luego suspiró profundamente. — Hace once años yo era muy diferente. Estaba empezando en el mundo de los negocios y cometí errores graves. Isabella… ella formaba parte de ese mundo. Hubo dinero de por medio, promesas que no cumplí. Pero te juro que todo eso quedó atrás cuando te conocí. Tú me cambiaste, Lia. Me salvaste. Valeria sintió un nudo en la garganta. Quería creer cada palabra. Quería que esa historia terminara ahí. En ese momento, el teléfono de la casa sonó. Diego frunció el ceño y contestó. — ¿Aló? — Su rostro cambió drásticamente en cuestión de segundos. Se puso pálido y apretó el teléfono con fuerza—. No… no es posible. ¿Cuándo? Colgó y miró a Valeria con los ojos llenos de temor. — Era el director del colegio de Mateo. Dicen que alguien dejó un sobre dirigido a ti en la recepción. Dentro había una foto de Mateo jugando en el patio… y una nota que dice: “La próxima vez no será solo una foto.” Valeria sintió que las piernas le fallaban. Se aferró al escritorio para no caer. Diego la sostuvo inmediatamente, abrazándola con fuerza. — Te lo prometo, Lia. Nadie va a tocar a nuestros hijos. Voy a protegerlos con mi vida si es necesario. Pero mientras Diego la abrazaba, Valeria no pudo evitar pensar en esa carpeta oculta con las fotos antiguas. ¿Y si el hombre que juraba protegerlos era precisamente el que había traído el peligro a su hogar? Esa misma tarde, cuando fueron a recoger a los niños, Valeria notó que Mateo estaba más callado de lo normal. Al llegar a casa, el niño se acercó a ella y le entregó un papel arrugado que había encontrado en su mochila. — Mami, esto estaba dentro de mi cuaderno. Dice tu nombre. Valeria desdobló el papel con manos temblorosas. Era una sola frase escrita con letras recortadas de revista: “Pregúntale a tu esposo qué le debe realmente a Isabella… y por qué ella quiere cobrárselo con sangre.”






