El secreto que destruye nuestro matrimonio
El secreto que destruye nuestro matrimonio
Por: ARYO
mensaje que lo cambió todo

La casa estaba en silencio, salvo por el suave ronquido de Diego a su lado. Valeria Montenegro miró el reloj digital en la mesita de noche: 2:47 a.m. No podía dormir. Otra vez.

Se giró con cuidado para no despertarlo y observó su perfil bajo la tenue luz que entraba por la ventana. Diez años de matrimonio y todavía le parecía el hombre más guapo del mundo. Mandíbula fuerte, piel morena que siempre olía a su colonia favorita, esos brazos que tantas noches la habían protegido… y que ahora, de repente, le generaban una extraña desconfianza.

Suspiró y tomó su teléfono para revisar si los niños estaban bien. Mateo y Emma dormían profundamente en sus habitaciones. Todo parecía normal. Perfecto, como siempre.

Entonces vio el teléfono de Diego sobre la mesita, iluminado por una notificación que acababa de llegar.

Valeria frunció el ceño. ¿Quién le escribía a su esposo a esta hora?

Sin pensarlo dos veces, estiró la mano y tomó el celular. La pantalla no tenía contraseña entre ellos… o eso creía ella. Deslizó el dedo y el mensaje apareció completo.

Número desconocido:

“Ella ha vuelto. Y esta vez no se irá sin destruir todo lo que amas… ni siquiera a tus hijos.”

El corazón de Valeria dio un vuelco tan fuerte que pensó que se desmayaría. Leyó el mensaje una, dos, tres veces. Las palabras se clavaron en su pecho como cuchillos.

“Ella”. ¿Quién era “ella”?

Miró a Diego, que seguía durmiendo plácidamente, ajeno al terremoto que acababa de empezar en su matrimonio. Las manos le temblaban. Quiso despertarlo, gritarle, exigirle una explicación. Pero algo la detuvo.

El miedo. Un miedo frío y profundo que le recorrió la espalda al imaginar a Mateo de nueve años y a Emma de seis años en peligro.

Con el pulso acelerado, Valeria copió el número desconocido y lo guardó en su propio teléfono. Luego borró la notificación del celular de Diego para que no supiera que lo había visto.

Se levantó de la cama sin hacer ruido y caminó hasta la ventana que daba al Malecón. Las luces de Santo Domingo parpadeaban a lo lejos, indiferentes a su dolor. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero las contuvo.

“¿Qué me estás ocultando, Diego?” murmuró en la oscuridad.

En ese momento, escuchó el crujido de las sábanas. Diego se movió y su voz ronca y adormilada llenó la habitación:

— ¿Lia? ¿Estás bien, mi amor?

Valeria se giró lentamente, forzando una sonrisa que no sentía. Su esposo la miraba con esos ojos oscuros que siempre la habían hecho sentir segura… hasta ahora.

— Sí… solo fui a tomar agua — mintió, con la voz más tranquila que pudo.

Diego extendió la mano hacia ella, invitándola a volver a la cama.

— Ven aquí. Te extraño cuando no estás a mi lado.

Valeria dudó un segundo. Ese hombre que la llamaba “mi amor” con tanta ternura… ¿era el mismo que escondía un secreto capaz de destruir a su familia?

Finalmente caminó hacia la cama y se dejó abrazar. El calor de su cuerpo la envolvió, pero por primera vez en diez años, ese abrazo se sintió como una trampa.

Mientras Diego volvía a dormirse, Valeria permaneció con los ojos abiertos, mirando el techo.

El mensaje seguía grabado en su mente.

“Ella ha vuelto…”

Y Valeria Montenegro juró en silencio que descubriría quién era esa mujer… aunque eso significara romper todo lo que habían construido juntos.

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