Mundo ficciónIniciar sesiónValeria apenas durmió el resto de la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía las palabras del mensaje brillando en la oscuridad: “Ella ha vuelto… ni siquiera a tus hijos.”
A las seis y media de la mañana, Mateo entró corriendo a la habitación, todavía en pijama, con el cabello revuelto. — ¡Mami! ¡Hoy es el partido de fútbol en el colegio! ¿Papá va a poder ir? Emma, que venía detrás con su muñeca favorita, se subió a la cama y se acurrucó contra el pecho de Valeria. — Yo quiero que papá me lleve al parque después — dijo con su vocecita dulce. Diego se despertó con una sonrisa perezosa y abrazó a los tres al mismo tiempo. — Claro que sí, campeón. Y tú, princesita, iremos al parque. Hoy no tengo reuniones importantes. Valeria observó la escena desde fuera de su propio cuerpo. La imagen era perfecta: un padre amoroso, una familia unida, risas llenando la habitación. Pero dentro de ella todo se sentía roto. Forzó una sonrisa y besó la frente de Emma. — Vamos a preparar el desayuno. Mateo, ve a lavarte los dientes. Cuando los niños salieron, Diego la atrapó por la cintura y la pegó contra su cuerpo. Su aliento cálido le rozó el cuello. — Buenos días, señora Montenegro — murmuró con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel—. Anoche te sentí inquieta. ¿Todo bien? Valeria se tensó. Quiso gritarle el mensaje en la cara, exigirle respuestas. En cambio, se giró entre sus brazos y lo miró a los ojos. — Solo un mal sueño — mintió—. Nada importante. Diego frunció ligeramente el ceño, pero luego sonrió y la besó. Fue un beso profundo, posesivo, de esos que solían hacerla olvidar el mundo. Por un segundo, Valeria se dejó llevar. Su cuerpo todavía respondía a él con la misma intensidad de siempre. Las manos de Diego bajaron por su espalda y la apretaron contra su cadera. — Te compensaré esta noche — susurró contra sus labios—. Los niños se duermen temprano y nosotros… Valeria sintió calor subirle por el vientre, pero también una punzada de rabia. ¿Cómo podía tocarla así mientras escondía algo tan grave? Se separó suavemente. — Tengo que preparar a los niños para el colegio. Durante el desayuno, todo parecía normal. Diego ayudaba a Emma a untar mantequilla en el pan, bromeaba con Mateo sobre el partido y, de vez en cuando, le lanzaba miradas cargadas de deseo a Valeria. Ella respondía con sonrisas automáticas mientras su mente no dejaba de dar vueltas. ¿Quién era “ella”? ¿Una ex? ¿Una amante? ¿Alguien del pasado de Diego que podía hacerles daño a sus hijos? Después de dejar a los niños en el colegio, Valeria regresó a casa. La casa estaba demasiado silenciosa. Se sentó en el sofá de la sala y sacó su teléfono. El número desconocido seguía guardado. Respiró profundo y marcó. El teléfono sonó una vez… dos… tres… y entró al buzón de voz. Una voz femenina grabada, fría y segura: — Has llamado a Isabella. Deja tu mensaje después de la señal. Valeria colgó rápidamente, el corazón latiéndole en los oídos. Isabella. Ese nombre no le decía nada… y al mismo tiempo le provocaba un nudo en el estómago. Abrió la laptop de Diego, que estaba en el estudio. Sabía que no debía hacerlo, pero el miedo por sus hijos era más fuerte que cualquier culpa. Revisó el historial de correos, las carpetas recientes… nada extraño. Hasta que encontró una carpeta oculta llamada “Proyectos antiguos”. Dentro había varias fotos antiguas. En una de ellas, Diego aparecía mucho más joven, abrazando a una mujer de cabello negro largo y ojos intensos. La misma sonrisa confiada que ahora le dedicaba a ella. Valeria sintió que le faltaba el aire. En ese momento, escuchó la llave en la puerta principal. Diego había regresado antes de lo esperado. — ¿Lia? — llamó desde la entrada—. Olvidé unos documentos. ¿Estás en casa? Valeria cerró la laptop de golpe y se levantó rápidamente. Cuando Diego entró al estudio, ella estaba de pie junto a la ventana, intentando controlar su respiración. Él se acercó y la abrazó por detrás. — ¿Segura que estás bien? Te ves pálida. Valeria se giró y lo miró directamente a los ojos. — Diego… ¿quién es Isabella? El cuerpo de Diego se tensó visiblemente. Por un segundo, sus ojos se oscurecieron y una sombra cruzó su rostro. — ¿De dónde sacaste ese nombre? — preguntó con voz baja, casi peligrosa. Valeria sintió un escalofrío. El hombre que tenía frente a ella ya no parecía el esposo cariñoso de esa mañana. Parecía alguien dispuesto a proteger un secreto… a cualquier precio. En ese preciso instante, el teléfono de Valeria vibró en su bolsillo. Un nuevo mensaje del número desconocido: “Pregúntale por la deuda que tiene conmigo. Pregúntale qué pasó hace once años… antes de que se casara contigo.”






