La Maison AVA, la hermosa fortaleza parisina bañada por el sol, estaba siendo ejecutada.Era una muerte silenciosa, brutal y eficiente.El majestuoso taller de paredes blancas, que durante cinco años había sido un capullo de creatividad y supervivencia, ahora era un cascarón vacío que devolvía el eco de cada paso. Los rollos de seda y lana habían desaparecido, empaquetados.Las máquinas de coser de última generación estaban en silencio, envueltas en plástico. Los maniquíes, sus asistentes mudos y sin cabeza, estaban cubiertos con muselina, formando una fila lúgubre junto a la puerta, listos para ser encajonados como cadáveres preciosos y delicados.Su vida estaba siendo desmantelada, empaquetada en cajas de madera selladas con el sencillo logotipo negro de tres letras: AVA.Destino: Nueva York.Aurora, la "Madame" de la casa, permanecía en el centro del caos, como un punto fijo y frío en medio de su propia tormenta. Vestía su uniforme: una severa túnica negra de cuello alto, pantalone
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