El atelier ya no era un estudio de diseño. Era un cuarto de guerra.
Habían pasado tres semanas desde el desfile, pero la onda expansiva de la explosión seguía sacudiendo los cimientos. El aire, que alguna vez fue un santuario creativo y silencioso, ahora era un asalto digital constante y estridente.
Los teléfonos nunca dejaban de sonar.
Elias había instalado dos líneas nuevas, y chillaban frenéticamente desde el amanecer hasta la medianoche.
—Maison AVA, no —decía la voz de Elias, cortando el r