El golpe del tren de aterrizaje contra la pista fue un impacto físico.
Un frenazo violento y mecánico que sirvió como punto de exclamación para poner fin a su tregua de siete horas con el cielo. El vacío seguro había desaparecido. La cabina anónima y presurizada ya no era un escudo.
Estaban allí.
Los ojos de Aurora, que habían estado cerrados, se abrieron de golpe. Su mano, que descansaba sobre su hijo dormido, voló hacia su propio estómago en un gesto protector fantasma, un eco de su embarazo