La invitación había sido una declaración de guerra. Y el atelier se acababa de convertir en su armería.
El hielo de su miedo no se había derretido; se había congelado de golpe, transformándose en una sustancia nueva, dura y afilada: ambición pura.
Los dos años de esconderse habían terminado. Los siguientes tres meses fueron un borrón de jornadas febriles de dieciocho horas. Los grandes ventanales del estudio en Le Marais fueron cubiertos con papel negro pesado, convirtiendo el luminoso salón en