El hôtel particulier era una tumba.
La Maison AVA, que durante cinco años había sido una fortaleza de vida creativa, caótica y vibrante, era ahora un cascarón vacío y resonante.
Las últimas máquinas de coser habían sido embaladas. Los rollos de seda y lana habían desaparecido, enviados por adelantado en contenedores climatizados.
El estudio, que solía ser un bosque de maniquíes y percheros con ruedas, era ahora solo una vasta estancia inundada de sol, con el suelo marcado por las líneas de tiza