Dos años. Setecientos treinta días desde que cruzó el océano en un asiento de primera clase bajo un nombre falso.
Maison AVA ya no era un secreto a voces; era una religión para la élite parisina.
El inmenso estudio estaba vivo. Dos costureras expertas y discretas trabajaban en las máquinas al fondo de la sala. Y en el centro, envuelta en un impecable conjunto de lino negro diseñado por ella misma, Aurora—ahora Ariane—luchaba en el suelo, cubierta de tiza de sastre.
No estaba diseñando. Estaba s