La blancura estéril e infinita del salón de Primera Clase de Air France era un tipo de prisión diferente.
Hace cinco años, había llegado a Charles de Gaulle como un fantasma, una refugiada envuelta en una sudadera gris barata, con el rostro oculto y el nombre convertido en una mentira.
Hoy, se marchaba como "Madame Ariane Rousseau". Un mito.
Era la CEO de AVA, una entidad de cincuenta millones de dólares, y era, en todos los sentidos, una prisionera.
Llevaba puesta su armadura: un abrigo negro,