El atelier, que hacía apenas veinticuatro horas era un caos de adrenalina y pánico eléctrico, ahora estaba devastadoramente silencioso.
El sol, que Aurora no había visto en tres días, entraba a raudales iluminando el campo de batalla: percheros vacíos, alfileres esparcidos por el suelo y el único vestido azul medianoche que no había desfilado.
Y sobre la maciza mesa de corte de roble, otra clase de campo de batalla: una montaña de periódicos.
Aurora, o más bien "Ariane", no había dormido. Estab