La cabina de alta montaña en Alaska no era un refugio de paz, sino una extensión gélida del dominio de Arthur Thorne. El interior, una mezcla brutalista de piedra volcánica y cristales reforzados, vibraba con el zumbido de una consola de mando que emergía del suelo como un altar tecnológico. No había libros, ni rastro de humanidad; solo el frío resplandor de una terminal de cifrado que conectaba este páramo con los centros de datos de la Orden en todo el mundo.Me acerqué a la consola con los dedos entumecidos. Marcus estaba apostado junto a la entrada, su silueta recortada contra la ventisca que golpeaba el exterior, mientras Julian —el prisionero que habíamos rescatado del núcleo del submarino— se mantenía en las sombras, observando el panel de control con una mezcla de reconocimiento y asco. Lucía, mi hermana, se acurrucaba en un rincón, intentando ignorar el hecho de que estábamos en el epicentro de una guerra que ella nunca pidió.—Si entras ahí, Zola, estarás activando cada prot
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