La cabina de alta montaña en Alaska no era un refugio de paz, sino una extensión gélida del dominio de Arthur Thorne. El interior, una mezcla brutalista de piedra volcánica y cristales reforzados, vibraba con el zumbido de una consola de mando que emergía del suelo como un altar tecnológico. No había libros, ni rastro de humanidad; solo el frío resplandor de una terminal de cifrado que conectaba este páramo con los centros de datos de la Orden en todo el mundo.
Me acerqué a la consola con los d