La vibración no empezó en los oídos, sino en las plantas de los pies, un zumbido sordo que subía por los tobillos y hacía que el hielo bajo las botas se sintiera extrañamente blando. El laboratorio de Arthur se estaba muriendo, pero no con la violencia limpia de una demolición, sino con el lento y agonizante crujido de una estructura diseñada para resistir el mundo exterior y que ahora se devoraba a sí misma desde las entrañas.Apenas podía respirar. El aire se había vuelto espeso, caliente y con un persistente sabor a cobre que se me pegaba a la lengua.—Zola, suéltalo —la voz de Marcus llegó desde algún lugar a mi izquierda, ahogada por el zumbido de la estática. Su mano me aferró el hombro libre. No tenía la fuerza protectora de antes; sus dedos temblaban, debilitados por la descarga que aún le recorría el sistema—. Te está usando de conducto. Si no rompes el contacto, la Gema no va a distinguir entre tu energía y la suya.No le respondí. No porque no quisiera, sino porque los músc
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