El silencio que siguió a la explosión inicial no fue absoluto. Estaba lleno del siseo de la nieve entrando por la brecha de la pared y el crujido de la madera de cedro al enfriarse bruscamente. Pero más allá de eso, estaba el sonido de mi propia sangre golpeando mis sienes. Ya no había clones, no había sombras de mi madre; solo quedábamos nosotros, atrapados en una cabina que se había convertido en una pecera de cristal para los tiradores de Arthur Thorne.
Marcus se mantenía en guardia, con el