El estruendo del casco del Leviatán al partirse en dos fue reemplazado súbitamente por un silencio absoluto y gélido. Por un instante, sentí que mis moléculas se separaban, estirándose a través de un túnel de luz esmeralda y sombras de grafito. Julian nos sujetaba con una fuerza que desafiaba la anatomía humana —sus hombros de veinte pulgadas actuando como el ancla de nuestra existencia en medio del caos cuántico— mientras Marcus y Lucía se aferraban a nosotros con la desesperación de los conde