El blindado de Paolo rugía por la Vía Apia, sus neumáticos de caucho reforzado devorando el asfalto en un mundo que se había quedado repentinamente mudo. A través de las rendijas reforzadas de las ventanas, Roma parecía una maqueta rota. Sin los semáforos, el tráfico se había convertido en un cementerio de metal retorcido; sin la red celular, la gente vagaba por las cunetas con las manos vacías, mirando sus teléfonos muertos como si fueran talismanes que habían perdido su magia.—Estamos a cuarenta kilómetros de la costa —dijo Paolo, sus manos firmes en el volante analógico—. Si logramos llegar al puerto de Civitavecchia antes del amanecer, el Argos nos sacará de aquí. Es un rompehielos de la vieja guardia, sin un solo microchip que el pulso haya podido freír.Marcus, sentado a mi lado, revisaba una escopeta de corredera con movimientos mecánicos. Su rostro estaba en sombras, pero la luz intermitente de la gema en mi mano iluminaba sus facciones cada pocos segundos, revelando una mand
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