El blindado de Paolo rugía por la Vía Apia, sus neumáticos de caucho reforzado devorando el asfalto en un mundo que se había quedado repentinamente mudo. A través de las rendijas reforzadas de las ventanas, Roma parecía una maqueta rota. Sin los semáforos, el tráfico se había convertido en un cementerio de metal retorcido; sin la red celular, la gente vagaba por las cunetas con las manos vacías, mirando sus teléfonos muertos como si fueran talismanes que habían perdido su magia.
—Estamos a cuar