El aire en la Cámara de la Esmeralda se volvió denso, saturado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. La esfera de luz verde, antes estable, comenzó a fracturarse en mil astillas de energía pura. La cuenta regresiva de la IA no era solo para un borrado de datos; era el rugido de un reactor cuántico entrando en fase crítica.
—¡Zola, muévete! —el grito de Marcus fue lo único que me sacó del trance.
Arthur Thorne, mi padre, no retrocedió. Se quedó de pie, obs