El aire de las catacumbas estaba saturado de polvo de mármol y el olor acre del ozono quemado. Marcus y yo emergimos de una trampilla oculta cerca de la base del Obelisco de la Plaza de San Pedro, tosiendo y cubiertos de la ceniza negra de la cámara destruida. Pero cuando finalmente pude abrir los ojos y mirar hacia la ciudad, el horror me dejó paralizada.
Roma, la Ciudad Eterna, se había apagado.
No era un simple corte de luz. El cielo nocturno, antes contaminado por el resplandor naranja de l