El sonido de los tres golpes en la puerta de la cabaña quedó suspendido en el aire, vibrando como una campana fúnebre. Nadie respiraba. Marcus, a pesar de su herida, había logrado empuñar su arma, apuntando hacia la madera envejecida que era lo único que nos separaba del abismo blanco del exterior. Paolo se posicionó al lado de Lucía, quien se cubría los oídos como si quisiera bloquear un grito que solo ella escuchaba.Pasaron diez segundos. Veinte. El viento aulló de nuevo, sacudiendo la estructura de la cabaña, pero los golpes no se repitieron.—Paolo, quédate con Lucía. No te muevas de este rincón —ordenó Marcus con un hilo de voz.Él caminó hacia la puerta, cojeando, y yo lo seguí, ignorando su gesto para que me quedara atrás. Si la mujer de azul estaba ahí fuera, si mi madre realmente había regresado de entre los muertos, yo no iba a recibirla escondida tras un hombre que me había usado como cebo.Marcus abrió la puerta de golpe, dejando que una ráfaga de nieve y aire gélido inun
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