El siseo del sistema de ventilación era un sonido sutil, casi imperceptible, pero para mí sonaba como el rugido de una sentencia de muerte. El aire en la sala de juntas, antes gélido por el aire acondicionado, empezó a volverse pesado, con un regusto químico que picaba en la parte posterior de mi garganta. Alberto Rossi permanecía de pie, con el pulgar apoyado sobre el botón del control remoto, su rostro transformado en una máscara de locura senil y poder absoluto.—¿Sientes eso, Marcus? —preguntó Alberto, su voz filtrándose a través del denso silencio—. Es el sonido del final. No solo de tu imperio, sino de tu linaje. Si yo no puedo tener la Torre Thorne, nadie la tendrá.Marcus no retrocedió. Se mantuvo firme, con las manos abiertas a los costados, en una postura que gritaba control a pesar de que el oxígeno empezaba a escasear. Sus ojos grises estaban fijos en la mano de Alberto, calculando la distancia, la velocidad, la probabilidad de éxito de un ataque frontal.—Alberto, mírame
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