El primer estallido no fue un disparo; fue un rugido profundo que sacudió los cimientos mismos de la Torre Thorne. Arriba, en el vestíbulo principal, el cristal reforzado de la entrada debió estallar en mil pedazos bajo el impacto de una carga de demolición controlada. El Cuarto Socio no venía a negociar, ni siquiera venía a capturarnos de forma discreta. Venían a purgar.
—¡Muévete, Zola! —rugió Marcus, agarrando mi mano con una fuerza que casi me saca el hombro de su sitio.
Nos lanzamos por el