El estruendo fue absoluto. No fue solo un sonido; fue una onda de choque que comprimió mis pulmones y borró la realidad durante varios segundos. El fuego naranja lamió el techo de ladrillo de la cámara subterránea, alimentándose del gas residual que bajaba por los conductos de la Torre Thorne. Por un instante, el laberinto romano se iluminó con la furia de un sol artificial, calcinando el enjambre de drones y enviando una pared de escombros hacia nuestros perseguidores.
Marcus me envolvió con s