La villa en Italia era un sueño, pero los sueños a veces se convierten en espejismos. Había pasado una semana desde que llegamos a la Toscana, y aunque Marcus se esforzaba por ser el hombre perfecto, yo podía sentir la tensión en sus hombros cada vez que su teléfono vibraba en la mesa. Él creía que el pasado estaba enterrado con Enzo en el fondo del acantilado, pero yo sabía que las deudas de sangre nunca se cancelan; solo se traspasan.Esa tarde, mientras Marcus estaba en una videollamada con sus abogados en Nueva York, decidí caminar por los viñedos. El aire era cálido, pero un escalofrío me recorrió la espalda cuando vi un coche negro aparcado al final del camino privado. No era uno de los vehículos de la villa.Me acerqué con cautela, ocultándome tras los cipreses. Un hombre bajó del coche. No era un gánster, ni un abogado. Era un hombre mayor, vestido con una elegancia impecable y un sombrero que le cubría parte del rostro. Se detuvo frente a la puerta principal y dejó un sobre p
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