La libertad sabía a cenizas. Había salido del tribunal sin cargos, pero el peso en mi pecho era más sofocante que cualquier celda de hormigón. Caminaba por las calles lluviosas de la ciudad, con la imagen de Marcus esposado grabada a fuego en mi mente. Sus últimas palabras resonaban como una maldición: "He sido el único que evitaba que Enzo llegara a ella". Había sido una estúpida. En mi afán por no ser la alfombra de Isabella, le había quitado el escudo a mi hermana pequeña.
No tenía tiempo pa