El sonido de las esposas cerrándose sobre mis muñecas fue más doloroso que la bala en mi hombro. El metal estaba frío, una realidad cortante que me recordaba que, en este mundo de lobos, las ovejas siempre terminan en el matadero. Miré a Marcus, esperando que rugiera, que detuviera a los oficiales, que gritara que yo era su esposa. Pero él se quedó inmóvil, con la mirada fija en la mujer del abrigo de piel blanca.La verdadera Isabella Rossi sonreía. No era una sonrisa de alegría, era una mueca de victoria depredadora. Se acercó a mí, ignorando el cerco policial, y me susurró al oído con un aliento que olía a menta y veneno:—Gracias por calentarle la cama, querida. Pero las imitaciones baratas siempre vuelven al cajón de los saldos.—¡Llévensela! —ordenó uno de los oficiales, tirando de mi brazo herido. Solté un gemido de dolor que hizo que Marcus finalmente reaccionara.—¡Cuidado con ella! —rugió Marcus, dando un paso adelante. Pero Isabella puso una mano en su pecho, deteniéndolo c
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