El viento del Atlántico rugía como una bestia herida mientras emergía del túnel secreto. La lluvia me azotaba el rostro, mezclándose con las lágrimas y el sudor, pero mis manos se aferraban a la carpeta de pruebas como si fuera mi propio corazón. El acantilado de "La Esmeralda" se alzaba ante mí, una caída mortal de rocas afiladas y espuma blanca.
—¡Zola! —el grito de Marcus cortó el estruendo de la tormenta.
Lo vi. Estaba a unos veinte metros, de pie bajo la lluvia torrencial. Su camisa blanca