El sol del mediodía caía como un mazo sobre la Isla de los Naufragios. En el centro de la playa, Valmont había hecho instalar una mesa de acero inoxidable que brillaba, hiriente, en medio de las chozas de madera podrida. La incubadora de la Pimienta de Fuego estaba allí, conectada a una batería portátil, con sus sensores emitiendo pitidos de agonía.—Tienes una hora, Emma —dijo Valmont, consultando su reloj de platino—. Si para cuando el sol empiece a bajar la planta no recupera su color carmesí, mis hombres empezarán a desmontar este campamento.Emma no respondió. Se acercó a la incubadora. El tallo de la planta estaba flácido, cubierto de una pátina grisácea que indicaba una muerte celular inminente.—Azkarion, tráeme el mortero de piedra de Clara —ordenó Emma.Azkarion obedeció, moviéndose bajo la vigilancia de los mercenarios. Al entregarle el mortero, sus dedos rozaron los de ella. "Perdóname", susurró él. Emma solo asintió; no había tiempo para el pasado cuando el presente estab
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