La mesa central de "La Prohibida" había sido despejada de sus habituales manteles de papel. En su lugar, Emma había colocado una tabla de madera de roble, ruda y sin pulir. Esa noche, el restaurante estaba cerrado al público, pero las luces brillaban con una intensidad febril.Azkarion observaba a Emma desde la esquina, preocupado. Ella no le había dirigido la palabra en toda la mañana, concentrada únicamente en picar, reducir y marinar.A las ocho en punto, el destino llamó a la puerta.Entró Jean-Luc Valmont, con su bufeta de seda y su aire de superioridad europea. Justo detrás, Beatriz DArgent, envuelta en un perfume que costaba más que todo el inventario del bar. Se miraron con desprecio; no esperaban encontrarse el uno al otro.—¿Una cena compartida? —preguntó Valmont, alzando una ceja—. Señorita Hills, espero que esto no sea un intento de subasta. Mi tiempo es oro.—No es una subasta —respondió Emma desde la cocina abierta, sin levantar la vista de su sartén—. Es una degustación
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