La ciudad amaneció con un silencio inusual, como si el peso de las confesiones de la noche anterior hubiera aplastado el ruido del tráfico. En todas las pantallas de los escaparates, la imagen de Silas DArgent siendo escoltado fuera de su ático se repetía en un bucle infinito. El imperio que parecía eterno se había desmoronado con tres gotas de aceite negro y la valentía de una mujer que no aceptó ser una marca registrada.Emma estaba sentada en el borde del muelle quemado, el lugar donde "La Prohibida" una vez brilló. A su lado, Azkarion observaba a los peritos policiales acordonar lo que quedaba de la estructura.—Somos libres, Emma —dijo Azkarion, aunque su voz no sonaba a celebración—. Las cuentas de la familia han sido congeladas. La Orden de la Mesa Blanca se enfrenta a juicios por crímenes de lesa humanidad en tres países. Ya nadie va a perseguirnos por el incendio.—La libertad se siente extrañamente parecida a la nada, Azkarion —respondió ella, mirando sus manos limpias de ho
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