El frío de la cubierta del Santa Fe calaba más hondo que el agua de la fosa. Mateo y Clara se movieron con la precisión de los viejos lobos de mar, cortando las líneas de sujeción del traje de Azkarion y arrastrándolo hacia la cabina mientras Emma, temblando por la hipotermia y con la junta de su hombro izquierdo empapada, se despojaba del casco de un tirón.—¡Necesito oxígeno y una manta térmica, ya! —gritó Clara, presionando el pecho de Azkarion—. Su respiración es demasiado superficial. El cambio de presión le ha jugado una mala pasada.Emma se desplomó a su lado, ignorando su propio dolor. Tomó la mano desprovista de guante de Azkarion. Estaba helada, pero el pulso, aunque débil, seguía latiendo con la terquedad de un DArgent que se negaba a morir en los términos de su familia.—No te atrevas a dejarme sola con esta bitácora, Azkarion —susurró Emma, con la voz rota por el esfuerzo y el sabor a azufre que aún inundaba su garganta—. No después de haber hundido su última mentira.Tra
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