El sol del mediodía golpeaba con fuerza el techo de zinc de "La Prohibida". Fuera, la fila de clientes llegaba ya hasta la lonja de pescado, custodiada —aunque nadie lo supiera— por un par de hombres de Moretti que, vestidos de civiles, vigilaban que ningún "accidente" volviera a ocurrir.Dentro, el calor era insoportable. Emma manejaba tres sartenes a la vez, pero su mente estaba a kilómetros de allí, en una pequeña oficina de seguridad privada en el centro financiero donde Azkarion acababa de entrar.—¡Emma, mesa cuatro pide más pan! —gritó Sophia, pasando a su lado con una bandeja cargada.Emma asintió mecánicamente. Sus manos se movían por instinto, pero cada vez que el teléfono en su bolsillo vibraba, sentía un vuelco en el corazón. Habían acordado una señal: un mensaje vacío si todo iba bien, una llamada si las cosas se torcían.Mientras tanto, Azkarion se encontraba en una habitación blanca, fría y estéril. Frente a él, una terminal de acceso biométrico parpadeaba con una luz r
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