El amanecer en el puerto no era tan romántico como en las películas. Olía a gasoil, a sal y al esfuerzo de cientos de hombres que ya estaban cargando cajas bajo una llovizna persistente. Emma se despertó con el cuerpo entumecido, pero en cuanto vio los fogones, la adrenalina le recorrió la sangre.—Es hoy, Azkarion —dijo ella, lavándose la cara con agua fría en el pequeño lavabo del fondo.Azkarion, que había pasado las últimas horas de la noche vigilando la puerta con el abrigo puesto, asintió. Tenía ojeras, pero sus ojos brillaban con una intensidad nueva.—No tenemos carteles, Emma. Ni siquiera tenemos sillas suficientes —dijo él, mirando el local vacío—. ¿Cómo vamos a atraer a alguien?—En este muelle nadie desayuna bien, Azkarion. Comen sándwiches fríos o café aguado. Solo abre la puerta. El viento hará el resto.Emma puso las patatas que le regalaron en los rescoldos del carbón y empezó a freír unos ajos en una sartén vieja. Cuando el aroma empezó a salir por el ventanal roto, o
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